¿Son compatibles Islam y Democracia?

Algunas formas de islamismo asumen como necesario el recurso a la violencia para acceder al poder político. Su justificación inmediata, en la mayoría de casos, es la necesidad de instaurar un sistema política islamizado, cuya única referencia sea la ley islámica (sharia), lo que hace intrínsecamente ociosa la pluralidad de partidos. La anulación de la democracia puede llevarse a cabo bien de forma directa, mediante la prohibición y el rechazo en su conjunto de la idea de democracia, tal y como se hizo en Sudán, o bien indirectamente como en el caso de Irán, a través del derecho de veto del Guía de la Revolución. En ambos casos, el concepto de democracia se sustituye por el de la vigencia y aplicación de la sharia, que se superpone a los conceptos de multipartidismo y de representatividad ciudadana. Este último término es sustituido, a su vez, por el de shura o consejo consultivo formado por las autoridades religiosas.

Si los textos sagrados del islam se interpretan de manera que no se concede igualdad de estatus jurídico a mujeres y hombres y a musulmanes y no musulmanes; si por islamización de un sistema legal se entiende la introducción de principios legales ajenos a la ética islámica; si se concibe esa islamización como la introducción de un derecho penal que incluye la pena de muerte, la amputación de miembros y otros castigos corporales; si se castiga con pena de muerte la apostasía del Islam o el adulterio; y si, en suma, no se respetan los derechos humanos… podemos afirmar que ese islam es incompatible con la democracia.

Por otro lado, existen visiones del islam perfectamente compatibles con la democracia. Numerosos pensadores musulmanes creen que la sharia puede adaptarse a los tiempos y que lo eterno es el mensaje de las escrituras, pero no su letra. En este sentido es muy representativa la figura de Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz en 2003, activista política y defensora de los derechos humanos y de la igualdad de derechos en su país, quien ha postulado una interpretación del islam armónica con la idea de democracia y acorde con los tiempos.

La necesidad de revisar las actuales leyes de su país en función de las fuentes del islam es una idea que se repite en sus escritos. Por ejemplo, en el caso de la lapidación, alega que esta práctica fue abolida por Alá en el Corán, y que no hay nada en las fuentes que justifique mantenerla. Esta tesis fue defendida por un grupo de parlamentarias iraníes, logrando a principios de enero del 2003 que el jefe del Poder Judicial, Ayatolá Mahmud Shahrudi, ordenase el fin de las lapidaciones.

La misma referencia al Corán como principio de jurisprudencia es alegada en el caso del pago del dîyeh, conocido (abusivamente) como “dinero de sangre”. Ebadi considera injusta la actual legislación, según la cual la mujer debe cobrar la mitad que el hombre por las violaciones de sus derechos. Más allá de la discusión sobre la naturaleza y alcance del dîyeh , la crítica se centra en su aplicación. Un ejemplo puede aclarar la naturaleza de sus reivindicaciones.

El Artículo 209 del Código Penal Iraní estipula que si un hombre musulmán mata deliberadamente a una mujer musulmana, la familia de la mujer asesinada puede exigir la muerte del hombre (ley del qisas o equivalencia entre el delito y el castigo). Sin embargo, y dado que el dîyeh del hombre es considerado el doble del de la mujer, hay que pagar la diferencia… Así pues, para que el qisas se produzca, la familia de la mujer asesinada tiene que pagar la mitad de la compensación establecida por la muerte del hombre (lo que vale la mujer) a la familia del asesino. Si no hay dinero, el crimen queda impune.

Todo lo referente a las leyes iraníes del dîyeh es sumamente oscuro, con lo que se ofrecen subterfugios para salir impune de un delito, o pagar una simple multa por un asesinato. El volumen cuarto del Código Penal se detiene en extraños cálculos y equivalencias entre distintos órganos genitales, ojos de hombre frente a ojos de mujer, etc. Toda una casuística en ocasiones absurda, sacada de la “excesiva dedicación” de algunos alfaquíes.

Ebadi es jurista y no rechaza el islam, ni lo juzga incompatible con la democracia, ni tampoco considera que la democracia perfecta haya de ser laica. Su figura representa una visión alternativa a la del Gobierno de su país y a la de muchos islamistas. Destaca también por su valentía, pues ha decidido quedarse en su país y utilizar sus conocimientos para defender a los desfavorecidos y discriminados, con los muchos riesgos que ello conlleva en una nación como Irán.

Islam y democracia no son incompatibles pero sí lo es la concepción del islam que propugnan muchos grupos islamistas hoy día. No es el islam en sí mismo, sino las interpretaciones que los hombres hacen del islam las que determinarán en cada caso si un gobierno islámico puede ser demócrata o no.

 

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